Author Archives: Josetxo - Paginas 2

Jventurgon (Identidad.3)

El dolor                                                                                                                               

El dolor se manifiesta de múltiples maneras, la más cruel en mi caso es el dolor ausente. Ese que martillea y no se manifiesta. Ese que se solapa en las vísceras y que ataca desde posiciones de retaguardia en el subconsciente. El que produce una sensación oscura, identificable sólo cuando estas ausente, en ese mundo íntimo, a veces solo perturbable por conmociones externas sacudidas por movimientos incomprensibles hacia tu identidad. No te encuentras por ningún lado, tu personalidad pierde las aristas, te conviertes en un ser previsible, plano, visceral y fuera de sitio. Careces de reflejos suficientes que amortigüen esa sensación de dolor ante ausencias del carácter.

Jventurgon (Identidad.4)

La soledad                                                                                                                               

La soledad es una palabra con carga profunda según la acojas dentro de tu ser. Tiene todo el sentido con la perdida de los mismos y no los tiene sin ellos. Lo mismo ocurre con otra palabra que deja de tener sentido cuando claudicas consciente o inconscientemente de todos los valores de tu personalidad o dejas que te los anulen. Renuncie yo mismo a esas facetas fundamentales de mi identidad. A otras las circunstancias de la vida me obligaron. Pero la nulidad completa ha llegado actualmente para cerrar el circulo. No tiene sentido ser quién no eres y tampoco añorar lo que fuiste. En este momento sólo sobrevivir a las situaciones sobrevenidas tiene un coste irreparable. La amargura producida anula la supervivencia de mi personalidad. No le encuentro sentido a ciertas emociones. A veces la realidad se convierte en pesadilla, mis sentimientos en polvo y la convivencia en un infierno. Sólo le veo un camino, recuperar el sentido identitario de mi personalidad.

Jventurgon (Identidad.5)

La niebla                                                                                                                          

 Hace mucho que no despeja la niebla. Cómo una nebulosa envolvente que impide que despeje. Hace mucho que fui sincero. El tiempo pasa y el hedor que produjo se espesa. Es muy triste ser sincero, cuando realmente es el suspiro del alma atormentada. Quizás la niebla se disipe, según la estación y la fuerza que ejerza el astro rey. Quizás el hedor permanezca, si no hay agentes que lo disuelvan. Gritar en la niebla, sincerarte en la espesura, suplicar al viento y soltar amarras frente al abismo. Es ser sincero en la niebla.

Jventurgon (Identidad.6)

El sueño                                                                                                                             

Casi nunca bostezo. Casi nunca duermo más de cinco horas seguidas. Mi sueño es austero, pequeño y sin fuste. No tiene tiempo a fases, ni tampoco a ensueños. Justo y siempre tarde llega la pesadilla. Antes y pronto la vigilia. Los ojos abiertos. La mente confusa. Los músculos tensos. Pero en la madrugada el pensamiento se torna sincero y certero. No dura mucho ese estado, pues llega la pesadilla galopando, dando a diestro y siniestro. Algún día me pica la mosca “Sése”, y todo es sopor y sueño verdadero. Entonces a destiempo bostezo y dejo de ser austero despierto.

Jventurgon (Identidad.7)

Hipocresía                                                                                                                                   

Nunca he medido cual es la hipocresía que contengo. Pero cuando miro al cielo, puedo tener la cantidad que quiero. No ocurre lo mismo cuando miro al frente, entonces muchas veces no puedo ser sincero. Si miro más abajo, algunas veces intento serlo, pero a fuerza de ser sincero enseguida lo notan y vuelvo a mirar al cielo. Es seguro que puedo serlo, pero sólo cuando las circunstancias obligan. No lo soy por defecto. Además de mentira, la hipocresía esta llena de agujeros que la mierda llena y forma un estercolero. Por eso no miro al suelo, más bien al cielo y dejo que corra el aire y el viento.

Jventurgon (Cuento.1)

El coruscó de pan.                      

Para comer pan todos los días siempre estaba dispuesto, pero llego un día que el hartazgo se hizo evidente y dejo de comerlo. El plato de lentejas en la mesa y mirando a un lado y a otro sin ver su coruscó de pan diario. No le dijo nada, se levanto de la mesa y salió de casa destemplada. El también dejo de comer, se levanto y pasillo abajo se recostó en el sillón y se quedo dormido. Cuando ella volvió ya estaba despierto. Tenía unas notas escritas y comenzó a leerle en un tono de voz pausada y suave. Empezó entonces a leer frases de su entrenamiento autógeno que el mismo había engendrado. Frases que tenían que repetir los dos… me siento tranquilo… tranquilo… estoy empezando a sentirme relajado… mis pies me pesan mucho y se relajan… el calor está fluyendo a mis manos, están calientes… calientes. Había ruidos que provenían de la calle, pero a él no le molestaban, a ella la desconectaban. Ella comenzó a sentirse como si se hubiera sumergido en una especie de baño caliente… como que se estuviera calentándose cada vez más, próxima al sueño, consciente de lo que estaba pasando en el mundo exterior, pero sin preocuparse mucho de ello. El tiempo parecía hacerse eterno.Cuando el puso fin a la lectura con las siguientes palabras: Siento cómo fluyen la vida y la energía a través de mis piernas, caderas, pecho, brazos y manos, cuello y cabeza… Necesitó un auténtico esfuerzo y además con una sensación muy desagradable, logro salir de aquel estado en el que se había sumergido. Le miró a él. Estaba sonriendo. Cuando terminó el entrenamiento notó que su ritmo cardíaco entrenado autogenamente según creía él, se había desacelerado.  Ella no sentía lo mismo, todo lo contrario, parecía que la había entrenado para acelerar su corazón, emocionalmente alterada, con ganas de chillar, de retorcerse, e incluso de vomitar. Sentía como si su cerebro contuviera mayor cantidad de neuronas transmisoras de excitabilidad. Era evidente el cambio sufrido en su ritmo cardíaco. Había conseguido y desencadenado cambios bruscos en su conducta. Al cabo de una semana de entrenamiento volvieron a la ración de pan para los dos. No había preparado un sólo plato de comida en ese tiempo. Pero ahora era él se comía el coruscó de pan sin rechistar y ella el resto de la barra.                                                                                                                     

Jventurgon (Cuento.2)

El silencio del abismo.     

Estaba postrada en el mismo sillón todos los días, con la mismas postura, recostada y con las piernas juntas, las manos en un traqueteo infernal sin pausa. Los dedos rectos en un estiramiento sistemático y prolongado. Los ojos mirando a un infinito cercano. La boca medio abierta, pese a las continuas incursiones de la lengua hacia afuera. No recordaba si había desayunado, pero dos pastillas amarillentas y pegadas fuertemente a la comisura del labio superior, asomaban. Los demás enfermos con muchos años vividos en extremos paralelos y sólo alojados en su conciencia eran compañeros de rutinas en viajes cortos por pasillos y en encuentros dramáticos de silencio. Sólo alguno expresaba su rabia chillando o llorando con lagrimas de sal. Era extremadamente educada, no se le recordaba ningún mal gesto en años. También podría ser por el efecto de los tratamientos. Pero siempre había sido bondadosa y dada a los demás en extremo. La nebulosa creada en su mente influía por circunstancias ajenas a su voluntad, perturbaban gravemente el estado de su conciencia, desarrollando mundos paralelos irreales con elementos y objetos de su vida cotidiana. Pero el encuentro con personas cercanas de cariño antiguo, le proporcionaban distensión prolongada en los quehaceres y rutinas diarias, aunque fueran dispersos en el tiempo. Su amplia sonrisa se multiplicaba en milímetros de distensión de sus mejillas y los labios dibujaban pajaritos volando. Pero tenía bruscos cambios internos en el estado de su conciencia, que se hacían más radicales durante los sueños. Seguramente por circunstancias y el efecto de las drogas que le administraban. Hacía tiempo que por las noches estaba fuertemente atada a la cama, siempre en la misma postura, mirando a su cielo que era el techo, a sus estrellas que eran los reflejos de aces de luz provenientes de los focos de los coches. Pero estaba sumamente tranquila, como en trance, serena. Apenas podía moverse y tampoco lo intentaba. Le venían a vigilar de vez en cuando y como rutina abrían la puerta, pero no la despertaban, pues permanecía absorta, sin ningún movimiento muscular, mirando a su cielo con los ojos abiertos. Aquella noche el vigilante se sorprendió al verla, como con una amplia sonrisa le reclamaba, sus dedos estaban muy arqueados, las piernas ladeadas y los dedos de los pies dispersos en distintas direcciones, pero tensos. Se acerco a ella, poso su mano en una mejilla y comprobó que estaba gélida. Encendió la luz de su mesilla y comprobó si respiraba. Seguramente ya hacía horas que no lo hacía, pero no había notado nada en las anteriores visitas.

Jventurgon (Cuento.3)

Gasolina.

Venía de un tiempo en el cual había tenido un papel preponderante en su relación, aún siendo un tipo ingenuo, se las arreglaba bastante bien. Pero aquél maldito día todo cambió. Se dio cuenta que su flor se quedaba sin pétalos. Le quedaba alguna bala en la recámara y había llegado el momento de usarla. Sentía un fuerte escozor por todo el cuerpo. No tenía sentido rascarse, pues todavía se le agravaría más esa sensación urticante. Decidió darse un baño de agua tibia, siempre había pensado que una cosa así le aliviaría. Al desprenderse del pantalón noto como si el flujo del aire le calmara algo. Al bajarse el calzoncillos esa sensación se acrecentó. No ocurrió lo mismo con las demás prendas. La bañera ya estaba llena por la mitad y era el momento propicio para meterse y disfrutar de ella. Todavía no había metido el pie derecho y sonó el teléfono. !Mierda¡, es lo primero que dijo. Dejo que sonara un poco y metió el pie izquierdo. Sentía un gran alivio de rodillas para abajo. Pero el maldito teléfono no dejaba de sonar. !Mierda¡, volvió a decir. Cuando su espalda entro en contacto con el agua, la sensación de placebo fue muy acusada. Pero su cerebro lo tenía partido en dos sensaciones, una de ira y otra de relajación. De repente el teléfono dejo de sonar y comenzó a escuchar unas sirenas procedentes de algún coche de bomberos. Continuó medio sumergido dentro de la bañera ajeno a todo el trasiego que escuchaba del exterior. La puerta del baño estaba entornada, y un hilito de humo negro comenzó a colarse en la estancia. Momentos después la estancia estaba completamente llena de humo. Con la cabeza sumergida en el agua, no se asfixiaba con el humo, pero si se ahogaba en ella. Se acordó que su última bala la había usado minutos antes, cuando vio que su flor no tenía pétalos y había perdido a su amante definitivamente. También se acordó que había rociado la casa con gasolina, salpicándose el mismo.

Jventurgon (Cuento.4)

El pantalón de pijama.

Amanecía diferente, el lecho estaba vacío, las mantas apartadas, las sabanas revueltas y el silencio presente. El techo se veía ennegrecido de pronto. El cuadro de mi retrato torcido y el espejo roto. La sombra de su cuerpo yacía en el suelo, inerte, con un brazo descolgado del cuerpo. Una brecha abierta en la cabeza con un hilo de sangre. La boca entornada con rictus hiriente de muerte prematura. Barba incipiente de pocos días, pelo engrasado de pocos lavados, dientes ahumados de tanto tabaco, lengua de rojo carmín reculando sola. Sólo conservaba el pantalón del pijama, medio subido, medio bajado. El pecho peludo de oso negro, y barriga prominente de viandas tragadas. El bulto encogido debajo de la tela mirando hacía arriba sin un punto fijo. Necesitaba descansar, había sido una noche infernal, mi invitado había vivido más de la cuenta y no se que más. Él era demasiado violento y yo demasiado condescendiente. Pero era muy bueno en la cama, demasiado bueno diría yo. Ni él era un tigre, ni yo una tigresa, pero el salto salió mal, y sólo pude ponerle el pantalón del pijama y taparle las vergüenzas.

Jventurgon (Cuento.5)

El cordón umbilical.

Cuando perdimos la primera batalla, creíamos que todo estaba perdido. Pues nada más lejos de la realidad. Sentíamos que habíamos cumplido con nuestro cometido y simplemente las cosas no nos habían salido como creíamos. Pero cuando hay tantas variables en liza, circunstancias anómalas y actitudes totalmente disparatadas, seguro que cualquier cosa podía ocurrir. Tardamos casi 24 h. en convencernos de que con un nuevo planteamiento podríamos tener alguna posibilidad de ganar. El tiempo jugaba en nuestra contra, pero sí queríamos plantar batalla debíamos barajar con calma todas las posibles bazas que poseíamos. También llegamos al convencimiento de que teníamos pocas, pero sólidas. ¿Y si las sabíamos jugar?. Llego la oportunidad de repente, nos cogió a contrapie, sin margen de maniobra, pero la decisión estaba tomada y no nos podíamos permitir recular. La negrura de la mañana en aquel noviembre era acongojante, apenas podía vislumbrar cuán cruda sería la batalla. Estaba retenido y sólo por un pequeño agujero se vislumbraba la luz. El dolor compartido y sin medida posible, nos mermaba las fuerzas hasta extremos desconocidos. Sólo había un nudo de unión entre los dos y pronto dejaría de serlo. Nuestro aliento chocaría en espasmos de angustia vital.