Mentes manipuladas.2

El silencio del abismo. 

Estaba postrada en el mismo sillón todos los días, con la misma postura, recostada y con las piernas juntas, las manos en un traqueteo infernal sin pausa. Los dedos rectos en un estiramiento sistemático y prolongado. Los ojos mirando a un infinito cercano. La boca medio abierta, pese a las continuas incursiones de la lengua hacia afuera. No recordaba si había desayunado, pero dos pastillas amarillentas y pegadas fuertemente a la comisura del labio superior, asomaban. Los demás enfermos con muchos años vividos en extremos paralelos y sólo alojados en su conciencia, eran compañeros de rutinas en viajes cortos por los pasillos y en encuentros dramáticos de silencio. Sólo alguno expresaba su rabia chillando o llorando con lagrimas de sal. Era extremadamente educada, no se le recordaba ningún mal gesto en años. También podría ser por el efecto de los tratamientos. Pero siempre había sido bondadosa y dada a los demás en extremo. La nebulosa creada en su mente influía por circunstancias ajenas a su voluntad, perturbaban gravemente el estado de su conciencia, desarrollando mundos paralelos irreales con elementos y objetos de su vida cotidiana. Pero el encuentro con personas cercanas de cariño antiguo, le proporcionaban distensión prolongada en los quehaceres y rutinas diarias, aunque fueran dispersos en el tiempo. Su amplia sonrisa se multiplicaba en milímetros de distensión de sus mejillas y los labios dibujaban pajaritos volando. Pero tenía bruscos cambios internos en el estado de su conciencia, que se hacían más radicales durante los sueños. Seguramente por circunstancias y el efecto de las drogas que le administraban. Hacía tiempo que por las noches estaba fuertemente atada a la cama, siempre en la misma postura, mirando a su cielo que era el techo, a sus estrellas que eran los reflejos de aces de luz provenientes de los focos de los coches. Pero estaba sumamente tranquila, como en trance, serena. Apenas podía moverse y tampoco lo intentaba. Le venían a vigilar de vez en cuando y como rutina abrían la puerta, pero no la despertaban, pues permanecía absorta, sin ningún movimiento muscular, mirando a su cielo con los ojos abiertos. Aquella noche el vigilante se sorprendió al verla, como con una amplia sonrisa le reclamaba, sus dedos estaban muy arqueados, las piernas ladeadas y los dedos de los pies dispersos en distintas direcciones, pero tensos. Se acerco a ella, poso su mano en una mejilla y comprobó que estaba gélida. Encendió la luz de su mesilla y comprobó si respiraba. Seguramente ya hacía horas que no había aire en sus pulmones, pero no había notado nada en las anteriores visitas.

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