Mentes manipuladas.4

El pantalón del pijama.

Amanecía diferente, el lecho estaba vacío, las mantas apartadas, las sabanas revueltas y el silencio presente. El techo se veía ennegrecido de pronto. El cuadro de mi retrato torcido y el espejo roto. La sombra de su cuerpo yacía en el suelo, inerte, con un brazo descolgado. Una brecha abierta en la cabeza con un hilo de sangre. La boca entornada con rictus hiriente de muerte prematura. Barba incipiente de pocos días, pelo engrasado de pocos lavados, dientes ahumados de tanto tabaco, lengua de rojo carmín reculando sola. Sólo conservaba el pantalón del pijama, medio subido, medio bajado. El pecho peludo de oso negro, y barriga prominente de viandas tragadas. El bulto encogido debajo de la tela mirando hacía arriba sin un punto fijo. Necesitaba descansar, había sido una noche infernal, mi invitado había bebido más de la cuenta y no se que más. Él era demasiado violento y yo demasiado condescendiente. Pero era muy bueno en la cama, demasiado bueno diría yo. Ni él era un tigre, ni yo una tigresa, pero el salto salió mal, y sólo pude ponerle el pantalón del pijama y taparle las vergüenzas.

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