Escultor.1

Razonar sobre la intuición de uno mismo me parece una tarea complicada. Pienso simplemente que es una cualidad que fluye sin motivo, ni razonamiento aparente. Nunca me paro a pensar porque motivo creo una escultura parida de la simple intuición y luego cuando la intento razonar y gestionar, la idea venida de allí me resulta totalmente imposible de descifrar. Cuando el razonamiento prevalece en la idea, simplemente desdeño esa parte aventurera de la creación. Los sentidos se acomodan y el disfrute se acompleja. Serpentear en el arte a base de intuición te libera de estigmas teóricos implantados y a la vez tu libertad se ve reforzada. Pero llegado el momento de razonar, siento un profundo desasosiego. Todo creador tiene su estilo, pero todos nos guiamos por nuestra musa particular que decide abandonarnos cuando le place. La mía casi siempre me ha sido fiel, sólo cuando he intentado razonar con ella no lo ha hecho. Pero cuando la llamo no acude ni esta dispuesta a dialogar. Me dice que no tiene criterios, ni razonamientos. Que vuela alto y raso, dentro y fuera de mi mente y que acude a mí cuando le place. Por eso nunca la llamo ahora, simplemente la espero preparado y dispuesto. Estoy escribiendo un libro, diríamos un cuaderno de bitácora con retazos de mi obra, la mayoría de las veces desparramada, pero ella, mi musa, desde el infinito de mi mente me va sugiriendo cosas. En esa dimensión la siento como guía. Creo que no tengo que ponerle un nombre, porque para llegar a concretarlo, seguramente tendría que pensarlo y llegaría al terreno del razonamiento y ella me abandonaría de nuevo por no seguir mi intuición. Todo comenzaría a girar en un bucle impredecible, pero así se manifesta, alocada, insaciable, como un caballo al galope con un rumbo inesperado lleno de caminos marcados por barreras invisibles. Aún no teniendo fronteras, camina etérea, sin apegos y yo termino siguiendole porque es mi musa y no me consiente que la discuta, que la calle. Pero ahora he encontrado un lugar cercano donde el razonamiento no discute con ella y se muestra vasallo a sus sugerencias. Un lugar extraviado en mi mente, que la cobija arropandola con ideas antiguas, pero todavía vigentes. Me visita ha hurtadillas en las noches en vela, discutimos y nos enfadamos antes del sueño profundo. Cuando me despierto ya no está, y suspiro de alivio. Luego en el proceso creativo siempre estoy dispuesto a recibirla, aunque muchas veces no venga, pero es bien venida si engaña al razonamiento teórico siempre imposible de mi intuición.

 

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