Escultor.4

Iba a coger el martillo y no lo encontraba por ningún sitio. Tenía la pieza casi acabada, pero aún me faltaba doblarla un poco más. Era un placer para mí golpearla, transformando su forma hasta adecuarla. Tengo la vida ordenada racionalmente como un buen artista dueño de si, que no se deja dominar por nada y que normalmente pongo las cosas en su perspectiva justa. Siento un gran placer y también mucha felicidad siendo dueño de mis circunstancias y amigo de lo obtenido. Pero veo este momento como un episodio de infelicidad, y también creo que el placer me sobreviene en momentos de la vida infames. Tengo la virtud de ser un artista autodidacta en un tono elevado e infatigable, algunas veces excelso, otras demasiado recio. Pero la mayoría de las veces el placer es algo bajo, servil, flaco y mezquino. Si encontrara el martillo justo en el momento que la virtud y el placer fueran inseparables, vería obras agradables, pero no honestas y otras en cambio serían virtuosas pero ingratas. Por eso me olvido del martillo.

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