Las perlas.

Por el camino encuentro una perla, luego otra, hasta la totalidad de un collar. No todas son iguales, ni tienen el mismo color, pero todas juntas se igualan de verdad. Escojo un par, por brillo y sensación de autenticidad. Las otras las guardo en la bolsa de las canicas. No tardo en llegar al patio del colegio. Mis amigos juegan todas las mediodías antes de entrar en clase. por supuesto a las canicas. Me toca el turno de jugar y saco una cubana para empezar, primera que pierdo. Segundo turno, una de trebol muy bonita y apreciada por mí y sigo perdiendo. Para el siguiente turno rebusco dentro del saco y sólo quedan las perlas. Pienso que no me queda más remedio que jugar con ellas. Saco una al azar de calibre mayor que las otras. Empiezan las protestas de mis compañeros por el valor de las sudsodichas y falsas canicas. Me comprometo a subir su valor con otra si pierdo. Si no ocurriera así y gano, recuperaría la cubana antes perdida. Parece que la suerte me acompaña en esta tirada y la gano. De pronto recuerdo que mi abuela tenía una perla en un anillo y que mi madre también y pienso que las dos que tengo guardadas en el bolsillo les pueden servir de sustitución, si perdieran las suyas. Y sigo jugando con las otras, perdiendo cada vez un par. Con el saco ya vacío y con mis perlas dispersas en diferentes compañeros, suena la sirena y todos a clase. Primero comenzamos con la lectura, todos mirando al libro y nuestra querida señorita y maestra “Masi”, quitandose la ropa y colocandose la bata en bragas, sujetador y combinación en la parte trasera de la clase. Por supuesto nadie se atrevía, ni a levantar la cabeza, ni a girarla. De repente una de las perlas comienza a rodar en dirección a la desvestida en el momento justo que se bajaba la falda. Por supuesto todos levantamos la cabeza y nos giramos y por supuesto también un alarido brusco y concreto sale de su boca con decibelios desmesurados. ! Poneos todos las manos en la cabeza e hincar la nariz en el pupitre inmediatamente ¡… Por supuesto que hicimos caso y por supuesto sabiamos que estabamos castigados no se cuantos recreos confinados en clase. Por supuesto que escribiriamos en el cuaderno 100 veces: Perdón señorita “Masi”, no lo volveremos ha hacer más y en el supuesto que fuera benébola, nos levantaría el castigo una vez completadas las 100 frases con excelente caligrafía. Por supuesto una vez que tenía colocada y abotonada la bata, recogió la perla descarriada de algún bolsillo abierto. Sólo oíamos sus pasos acercándose a su mesa. El silencio era cortante, el de ella después del alarido preocupante. Segundos eternos de incertidumbre y desasosiego invadidos por el miedo.

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