Escultor.5

En uno de mis paseos por el valle del río Leizaran, me iba fijando en distintas piedras que veía por el camino. La rodadura desde tiempos inmemoriales las había ido moldeando en figuras ovoides casi perfectas, pero de ser tan repetitivas no me llamaban la atención. Las veía casi perfectas en la figura. Unas pocas eran rugosas y uniformes, todavía eran jóvenes en el tiempo, pero circulaban más rápido por el torrente del río. Entre todas ellas destacaba una totalmente blanca, amarromada sólo en el lado que posaba en el lecho. Su forma era como la de una pastilla de jabón gastada. La cogí entre las manos y cúal patito feo en la cuadrilla me exhortó sentimientos contradictorios. Era suave al sobeo, pero imperfecta en la forma. Alguna grieta aún no pulida asomaba por un costado y asentada en la hierba permanecía impávida y sin atisbo de movimiento de rodadura. Veía difícil su transformación en ovoide, pero recordé que tenía en un tiestero unas cuantas hermanas hechas y derechas de forma. Cuando la coloque a su lado, el sentido posicional chirrió. Las otros reaccionaron agrupandose en pico. No le quedo más remedio que permanecer posada encima de las demás, esperando encontrar un hueco en tiempos venideros. Amí no me gustaba nada el conjunto que quedaba, sobre todo la posición de la especial. Pero el verdadero problema era que no era de la misma familia y como decía el gran Jorge Oteiza, si una escultura o en este caso una piedra no pertenece a una serie, no hay posibilidad de resolver el problema, pues para que no se sienta distinta, debe de estar rodeada de sus compañeras de forma, formando su propia familia y con ella formada daría respuesta al problema y con ello tendría la posibilidad de nuevas preguntas.

Escultor.4

Iba a coger el martillo y no lo encontraba por ningún sitio. Tenía la pieza casi acabada, pero aún me faltaba doblarla un poco más. Era un placer para mí golpearla, transformando su forma hasta adecuarla. Tengo la vida ordenada racionalmente como un buen artista dueño de si, que no se deja dominar por nada y que normalmente pongo las cosas en su perspectiva justa. Siento un gran placer y también mucha felicidad siendo dueño de mis circunstancias y amigo de lo obtenido. Pero veo este momento como un episodio de infelicidad, y también creo que el placer me sobreviene en momentos de la vida infames. Tengo la virtud de ser un artista autodidacta en un tono elevado e infatigable, algunas veces excelso, otras demasiado recio. Pero la mayoría de las veces el placer es algo bajo, servil, flaco y mezquino. Si encontrara el martillo justo en el momento que la virtud y el placer fueran inseparables, vería obras agradables, pero no honestas y otras en cambio serían virtuosas pero ingratas. Por eso me olvido del martillo.

Escultor.3

En el silencio de mi reflexión percibo mi mundo interno como si fuera una semilla, pequeña e insignificante, pero también pletórica de potencialidades. Veo en sus entrañas el germen de un árbol magnifico. El árbol de mi propia vida en proceso de desarrollo. En su pequeñez, cada semilla contiene el espíritu del árbol que seré después. Cada semilla sabe como transformarse en árbol, van cayendo en la tierra fértil, absorben los nutrientes que las alimentan y luego se expanden por ramas y follaje, llenando mi existencia de flores y frutos. Cada semilla sabe como llegar a ser árbol y tantas son las semillas como lo son mis sueños secretos. Dentro de mí hay innumerables sueños que esperan el tiempo de germinar, de echar raíces y de darse a la luz, de morir como semillas… para convertirse en árboles. Serán árboles robustos y orgullosos que me digan en su solidez que oiga mi voz interior, que escuche la sabiduría de mis sueños. Ellos los sueños me indican el camino con símbolos y señales de todas clases, entre las cosas y entre las personas, en los dolores y en los placeres y también en los triunfos y en los fracasos. Lo soñado nos enseña, estemos dormidos o despiertos a vernos, a escucharnos, a darnos cuenta. Me muestra el rumbo de presentimientos huidizos con relámpagos de lucidez cegadora. Y así crezco, me desarrollo y evoluciono… y un día mientras transito por este eterno presente llamado vida, las semillas de mis sueños se transforman en árboles, y despliegan sus ramas, que como alas gigantes que cruzan el cielo uniendo mi pasado y mi futuro. Ahora no temo a nada, una sabiduría interior las acompaña y sé que cada semilla sabe llegar a su árbol.

Escultor.2

Cuando pienso en mi obra, con mirada de escultor, me veo algunas veces como un cubo a medio llenar. Otras como un vaso dado la vuelta y la mayoría de las veces como una piscina vacía. Termino de llenar el cubo y me quedo sin espacio. El efecto contrario es el del vaso, su posición me impide ocuparlo. Pero todavía me queda la piscina, imposible de llenar, y eso es una desventaja desde el punto de vista de la ocupación, no desde la perspectiva de tener espacio suficiente que llenar.

Escultor.1

Razonar sobre la intuición de uno mismo me parece una tarea complicada. Pienso simplemente que es una cualidad que fluye sin motivo, ni razonamiento aparente. Nunca me paro a pensar porque motivo creo una escultura parida de la simple intuición y luego cuando la intento razonar y gestionar, la idea venida de allí me resulta totalmente imposible de descifrar. Cuando el razonamiento prevalece en la idea, simplemente desdeño esa parte aventurera de la creación. Los sentidos se acomodan y el disfrute se acompleja. Serpentear en el arte a base de intuición te libera de estigmas teóricos implantados y a la vez tu libertad se ve reforzada. Pero llegado el momento de razonar, siento un profundo desasosiego. Todo creador tiene su estilo, pero todos nos guiamos por nuestra musa particular que decide abandonarnos cuando le place. La mía casi siempre me ha sido fiel, sólo cuando he intentado razonar con ella no lo ha hecho. Pero cuando la llamo no acude ni esta dispuesta a dialogar. Me dice que no tiene criterios, ni razonamientos. Que vuela alto y raso, dentro y fuera de mi mente y que acude a mí cuando le place. Por eso nunca la llamo ahora, simplemente la espero preparado y dispuesto. Estoy escribiendo un libro, diríamos un cuaderno de bitácora con retazos de mi obra, la mayoría de las veces desparramada, pero ella, mi musa, desde el infinito de mi mente me va sugiriendo cosas. En esa dimensión la siento como guía. Creo que no tengo que ponerle un nombre, porque para llegar a concretarlo, seguramente tendría que pensarlo y llegaría al terreno del razonamiento y ella me abandonaría de nuevo por no seguir mi intuición. Todo comenzaría a girar en un bucle impredecible, pero así se manifesta, alocada, insaciable, como un caballo al galope con un rumbo inesperado lleno de caminos marcados por barreras invisibles. Aún no teniendo fronteras, camina etérea, sin apegos y yo termino siguiendole porque es mi musa y no me consiente que la discuta, que la calle. Pero ahora he encontrado un lugar cercano donde el razonamiento no discute con ella y se muestra vasallo a sus sugerencias. Un lugar extraviado en mi mente, que la cobija arropandola con ideas antiguas, pero todavía vigentes. Me visita ha hurtadillas en las noches en vela, discutimos y nos enfadamos antes del sueño profundo. Cuando me despierto ya no está, y suspiro de alivio. Luego en el proceso creativo siempre estoy dispuesto a recibirla, aunque muchas veces no venga, pero es bien venida si engaña al razonamiento teórico siempre imposible de mi intuición.

 

Mentes manipuladas.6

Piedra, papel y tijeras.

Pues calló piedra. Tuvo otras dos opciones, pero la mala suerte le perseguía. Salió del local con muy malas pulgas, ahora tendría que dar muchas explicaciones a su mujer. Caminando, se iba dando cuenta de lo sólo que se sentía a pesar de que muchos viandantes se cruzaban con él. Vivían debajo de un puente, su vida había dado un giro total hacía ya un mes.
Que paradoja sacar piedra en una apuesta y vivir cobijados entre papeles y cartones. Durante toda su vida laboral había cumplido con su tarea. En 25 años se podía contar con los dedos de una mano los días que había dejado de trabajar por una baja. Manufacturaban varios tipos de tijeras. En el momento álgido de la producción exportaron a muchos países europeos. Pero su último cartucho se lo había jugado a los chinos y eran los mismos los que habían hundido su fábrica con bajos costes de producción en origen. Ella junto a sus dos hijos lo estaban esperando ansiosos.

Mentes manipuladas.5

Cordón umbilical.

Cuando perdimos la primera batalla, creíamos que todo estaba perdido. Pues nada más lejos de la realidad. Sentíamos que habíamos cumplido con nuestro cometido y simplemente las cosas no nos habían salido como creíamos. Pero cuando hay tantas variables en liza, circunstancias anómalas y actitudes totalmente disparatadas, seguro que cualquier cosa podía ocurrir. Tardamos casi 24 h. en convencernos de que con un nuevo planteamiento podríamos tener alguna posibilidad de ganar. El tiempo jugaba en nuestra contra, pero sí queríamos plantar batalla debíamos barajar con calma todas las posibles bazas que poseíamos. También llegamos al convencimiento de que teníamos pocas, pero sólidas. ¿Y si las sabíamos jugar?. Llego la oportunidad de repente, nos cogió a contrapie, sin margen de maniobra, pero la decisión estaba tomada y no nos podíamos permitir recular. La negrura de la mañana en aquel noviembre era acongojante, apenas podía vislumbrar cuán cruda sería la batalla. Estaba retenido y sólo por un pequeño agujero se vislumbraba la luz. El dolor compartido y sin medida posible, nos mermaba las fuerzas hasta extremos desconocidos. Sólo había un nudo de unión entre los dos y pronto dejaría de serlo. Nuestro aliento chocaría en espasmos de angustia vital.

Mentes manipuladas.4

El pantalón del pijama.

Amanecía diferente, el lecho estaba vacío, las mantas apartadas, las sabanas revueltas y el silencio presente. El techo se veía ennegrecido de pronto. El cuadro de mi retrato torcido y el espejo roto. La sombra de su cuerpo yacía en el suelo, inerte, con un brazo descolgado. Una brecha abierta en la cabeza con un hilo de sangre. La boca entornada con rictus hiriente de muerte prematura. Barba incipiente de pocos días, pelo engrasado de pocos lavados, dientes ahumados de tanto tabaco, lengua de rojo carmín reculando sola. Sólo conservaba el pantalón del pijama, medio subido, medio bajado. El pecho peludo de oso negro, y barriga prominente de viandas tragadas. El bulto encogido debajo de la tela mirando hacía arriba sin un punto fijo. Necesitaba descansar, había sido una noche infernal, mi invitado había bebido más de la cuenta y no se que más. Él era demasiado violento y yo demasiado condescendiente. Pero era muy bueno en la cama, demasiado bueno diría yo. Ni él era un tigre, ni yo una tigresa, pero el salto salió mal, y sólo pude ponerle el pantalón del pijama y taparle las vergüenzas.

Mentes manipuladas.3

Gasolina.

Venía de un tiempo en el cual había tenido un papel preponderante en su relación, aún siendo un tipo ingenuo, se las arreglaba bastante bien. Pero aquél maldito día todo cambió. Se dio cuenta que su flor se quedaba sin pétalos. Le quedaba alguna bala en la recámara y había llegado el momento de usarla. Sentía un fuerte escozor por todo el cuerpo. No tenía sentido rascarse, pues todavía se le agravaría más esa sensación urticante. Decidió darse un baño de agua tibia, siempre había pensado que una cosa así le aliviaría. Al desprenderse del pantalón noto como si el flujo del aire le calmara algo. Al bajarse el calzoncillos esa sensación se acrecentó. No ocurrió lo mismo con las demás prendas. La bañera ya estaba llena por la mitad y era el momento propicio para meterse y disfrutar de ella. Todavía no había metido el pie derecho y sonó el teléfono. !Mierda¡, es lo primero que dijo. Dejo que sonara un poco y metió el pie izquierdo. Sentía un gran alivio de rodillas para abajo. Pero el maldito teléfono no dejaba de sonar. !Mierda¡, volvió a decir. Cuando su espalda entro en contacto con el agua, la sensación de placebo fue muy acusada. Pero su cerebro lo tenía partido en dos sensaciones, una de ira y otra de relajación. De repente el teléfono dejo de sonar y comenzó a escuchar unas sirenas procedentes de algún coche de bomberos. Continuó medio sumergido dentro de la bañera ajeno a todo el trasiego que escuchaba del exterior. La puerta del baño estaba entornada, y un hilito de humo negro comenzó a colarse en la estancia. Momentos después la estancia estaba completamente llena de humo. Con la cabeza sumergida en el agua, no se asfixiaba con el humo, pero si se ahogaba en ella. Se acordó que su última bala la había usado minutos antes, cuando vio que su flor no tenía pétalos y había perdido a su amante definitivamente. También se acordo que había rociado la casa con gasolina, salpicandose el mismo.

Mentes manipuladas.2

El silencio del abismo. 

Estaba postrada en el mismo sillón todos los días, con la misma postura, recostada y con las piernas juntas, las manos en un traqueteo infernal sin pausa. Los dedos rectos en un estiramiento sistemático y prolongado. Los ojos mirando a un infinito cercano. La boca medio abierta, pese a las continuas incursiones de la lengua hacia afuera. No recordaba si había desayunado, pero dos pastillas amarillentas y pegadas fuertemente a la comisura del labio superior, asomaban. Los demás enfermos con muchos años vividos en extremos paralelos y sólo alojados en su conciencia, eran compañeros de rutinas en viajes cortos por los pasillos y en encuentros dramáticos de silencio. Sólo alguno expresaba su rabia chillando o llorando con lagrimas de sal. Era extremadamente educada, no se le recordaba ningún mal gesto en años. También podría ser por el efecto de los tratamientos. Pero siempre había sido bondadosa y dada a los demás en extremo. La nebulosa creada en su mente influía por circunstancias ajenas a su voluntad, perturbaban gravemente el estado de su conciencia, desarrollando mundos paralelos irreales con elementos y objetos de su vida cotidiana. Pero el encuentro con personas cercanas de cariño antiguo, le proporcionaban distensión prolongada en los quehaceres y rutinas diarias, aunque fueran dispersos en el tiempo. Su amplia sonrisa se multiplicaba en milímetros de distensión de sus mejillas y los labios dibujaban pajaritos volando. Pero tenía bruscos cambios internos en el estado de su conciencia, que se hacían más radicales durante los sueños. Seguramente por circunstancias y el efecto de las drogas que le administraban. Hacía tiempo que por las noches estaba fuertemente atada a la cama, siempre en la misma postura, mirando a su cielo que era el techo, a sus estrellas que eran los reflejos de aces de luz provenientes de los focos de los coches. Pero estaba sumamente tranquila, como en trance, serena. Apenas podía moverse y tampoco lo intentaba. Le venían a vigilar de vez en cuando y como rutina abrían la puerta, pero no la despertaban, pues permanecía absorta, sin ningún movimiento muscular, mirando a su cielo con los ojos abiertos. Aquella noche el vigilante se sorprendió al verla, como con una amplia sonrisa le reclamaba, sus dedos estaban muy arqueados, las piernas ladeadas y los dedos de los pies dispersos en distintas direcciones, pero tensos. Se acerco a ella, poso su mano en una mejilla y comprobó que estaba gélida. Encendió la luz de su mesilla y comprobó si respiraba. Seguramente ya hacía horas que no había aire en sus pulmones, pero no había notado nada en las anteriores visitas.